Las tierras de Cuenca conservan todavía frescas las
huellas con que la Orden de Santiago las impregnó. Es bien notorio a todos.
Pero quizás es menos conocido que en nuestra antigua historia tampoco falta la
práctica y el espíritu de la peregrinación jacobea. En modo alguno es ajena a
nuestros paisajes la imagen jacobea del bordón y la esclavina, la venera y la
escarcela. La primavera de 1624 ve salir de un pequeño pueblo conquense tres
peregrinos que parten hacia Santiago. Tienen excepcionales motivos para
peregrinar, o solamente tenían aquellos motivos "que eran el fundamento de
la peregrinación a Santiago, es decir, los prodigios obrados en favor de los
devotos del Apóstol". Prodigios que se verán aumentados al final del la
peregrinación, como vamos a referir.
Nació Francisco Patiño en la villa de Monteagudo, en el
Obispado de Cuenca, hacia el año 1590, hijo de Paulo de la Huerta y Ana López
vecinos de dicho lugar. Tercero de cinco hermanos, dos de ellos muertos de corta
edad, él mismo huérfano sobre los doce, abandona su pueblo natal para buscar
fortuna. A los tres años se instala en San Clemente de la Mancha, no muy
distante de su lugar de nacimiento. Un tiempo después toma plaza en uno de los
navíos que hacen la travesía para Italia.
En uno de los viajes, los turcos abordan su nave y toman
cautivo a nuestro Patiño con otros doscientos cincuenta soldados y marineros.
Es llevado a Argel y de allí a Constantinopla. Cinco largos años de cautiverio
le esperan junto al Bósforo. Viéndose en tan triste estado, hace voto al
señor Santiago de visitar su santo cuerpo en la ciudad de Santiago de Galicia,
dándole Dios la libertad del cautiverio.
Galeote en las galeras del turco, una tormenta les obliga
a acercarse a las costas de Malta para guarecer las naves. Allí se encuentran
con galeones cristianos que, arremetiendo contra ellos, presentan batalla. El
suceso, favorable a la armada cristiana, ve la libertad de Patiño. Al fin, la
vida le sonríe. Los cautivos liberados marchan a Sicilia. Dos meses permanece
allí. Español del glorioso siglo de oro, toma plaza de soldado en la
guarnición del fuerte de Correza, ducado de Módena. Puede comprar una pequeña
casa en Villagaide, a tres leguas de la ciudad de Parma. Allí se casa "por
amores" con María Franchis hacia 1620.
Cuenta Patiño treinta años bien granados. Tiene como
oficio ser "soldado de su Majestad" y se sustenta del sueldo que se le
da y de labrar algunas tierras. Algo se ayuda enseñando a algunos niños a leer
y las oraciones, pues aunque no mucho, sabe leer y escribir el romance español,
el latín de imprenta y la lengua italiana. Dos niños, Francisco y Catalina, le
nacen al matrimonio en lo que ya parece una vida sosegada.
A los tres años de casados, en la noche del 24 de julio
de 1923, estando acostados y profundamente dormidos, se declara en la casa un
pavoroso incendio. Al gran ruido del incendio y las voces que daban las gentes
que acudieron a apagarlo, despiertan. Saltan de la cama, en camisa y descalzos,
y queriendo valerse no pudieron porque el fuego les tenía tomadas las puertas.
La mujer daba grandes voces a Dios pidiendo misericordia. Patiño hacía lo
mismo y en angustioso trance dijo: "Bendito apóstol Santiago, valédeme
que prometo de ir en romería a visitar vuestro santo cuerpo a Santiago si me
libráis de tanto peligro". En diciendo esto se les apareció el Bendito
Santo en medio del fuego, en figura y traje de romero, vestido con una vestidura
larga hasta media pierna y encima de los hombros una esclavina, ambas de color
pardo. La figura del rostro era de hombre viejo y buena cara, a la cabeza un
sombrero con concha, en la mano un bordón de peregrino. Al punto desapareció y
en ese momento se apagó el fuego, luego cayó la casa. Aunque la casa cayó
sobre ellos, no les hizo ningún mal ni el fuego les tocó. Era una media hora
antes de que amaneciese el día del Señor Santiago. Salieron de la casa por
encima de las paredes, que no quedó de ellas más de vara y media de altura,
entre las piedras caídas y quemadas, sin acordarse de cosa que tuvieran en
casa, ni ropa para vestirse. Un labrador, Juan Parracin y su mujer Benedicta les
dan vestidos.
Ya día claro, acompañados de la gente que había acudido
a su auxilio, se dirigen a la cercana iglesia de San Antonio en la que se
celebra la fiesta de Santiago. En la iglesia estaba pintada la imagen del
apóstol en figura de romero. En cuanto Patiño la vio dijo a voces: "Este
es el Santo que se me apareció en el fuego de mi casa". Y ya no habló
otra cosa en la iglesia sino rezar quedo. Terminada la misa, un caballero, el
conde de San Pol, les recoge en su casa. Estando en ella, se acordaron de los
niños. Algunas personas fueron a buscarlos y los hallaron muertos pero ni
siquiera tocados por el fuego, aunque se quemó toda la ropa y la cama en donde
los habían acostado. Los sacaron en sus camisas sin quemarse cosa alguna de
ellos. Cuando se corrió la voz del milagro, el duque de Módena hizo que se los
llevasen aquel mismo día en su presencia, tal como estaban. El caballero conde
de San Pol propone a Patiño el trueque de la casa donde los había recogido por
la casa quemada, pues es su deseo levantar en ella una iglesia al Señor
Santiago, por devoción. El Prior del obispo de Parma y el Inquisidor general
del distrito levantaron atestado de lo sucedido. Pertrechados con los
testimonios del Prior y del Inquisidor, con las abundantes limosnas del Duque de
Módena y de otros señores, sin demoras, a los quince días comienzan ambos
esposos la peregrinación, larga y arriesgada, hasta Compostela. Cerca de la
ciudad de Arles, unos ladrones los asaltan. Les roban despojándoles de todo
cuanto llevaban y no más les dejan que la camisa y los papeles. Pronto les
socorre un Capitán español con vestidos y dinero. Por el camino de la costa
pasan a España. Atraviesan Barcelona y Tarragona. A los postreros días del mes
de diciembre llegan al Monteagudo natal de las tierras de Cuenca. Patiño se da
a conocer a sus parientes, que son muchos. A cuantos a él se llegan cuenta sus
extraordinarios sucesos. En Monteagudo se detiene todo el invierno,
especialmente crudo "por el rigor tan grave de las nieves". Mediado
marzo, acompañados por Sebastián de la Huerta, joven de 25 años, primo de
Patiño, comienzan el camino a Compostela. Es verosímil que tomaran el camino
real que, pasando cerca de Monteagudo, iba por Cuenca a Burgos. Del itinerario
nos consta que pidieron limosna y albergue en Astorga y después en Molinaseca.
Las torres de Santiago las divisan en la mañana del 22 de
abril. Al mediodía llegan a la catedral. Confiesan esa misma tarde. El primo
Sebastián lo hará al día siguiente en el Colegio de la Compañía de Jesús. El 23 por
la mañana comulgan en la capilla del Rey de Francia y abrazan la imagen del
Apóstol. No cuentan las fuentes qué sensaciones experimentaron, pero si la
más profunda emoción embarga a todo peregrino que abraza al Apóstol, cuál
sería la de éstos.
Sobre la una del la tarde de ese mismo día, dieron vuelta
para su tierra. A nadie muestran sus testimonios. A nadie dicen cuanto les ha
ocurrido. Caminaron como tres leguas aquella tarde, hasta llegar a Puente Ulla
donde preparan para dormir. Antes que saliese el sol pero ya claro día, vieron
que a la entrada del puente, a la mano derecha, había una capillita con las
imágenes del Señor Santiago y de Nuestra Señora. Ante ellas se hincan de
rodillas para hacer oración.
Cuando intenta levantarse Patiño notó que tenía
como trabadas las piernas. Quiso andar y no pudo. Hizo un segundo y tercer
intento pero inútilmente. Le parecía que de la imagen del Apóstol salía un
gran resplandor que le impedía el camino de tal manera que no se podía tener
en los pies, ni caminar, hasta que cayó desmayado al suelo. María, su mujer,
tampoco podía tenerse en los pies, ni caminar y se desmayaba. Se les ponía
delante de los ojos una claridad como fuego que les quitaba la vista de los
ojos. Sebastián, que nada sentía, intentaba ayudar a ambos. Volviendo un poco
en sí y recobrado el conocimiento, Patiño dijo:"Volvamos a
Santiago". El camino de vuelta se recorre sin desmayo ni impedimento en los
pies. Es que a pesar de estar obligado conforme a su voto a manifestar el
milagro, no lo había hecho por imaginar que estando pobre, como estaba, no
podía presentar una ofrenda proporcionada.
Con presteza acuden al Colegio de la
Compañía de Jesús, donde se había confesado Bartolomé. Encontrado el
confesor, Patiño se arroja a sus pies, contando lo sucedido y pidiendo consejo
sobre lo que ha de hacer. El Padre aconseja ir a buscar al señor Deán de
Santiago para que le manifiesten el milagro. No encuentran al Deán. Se
encaminan a la iglesia mayor preguntando por el Penitenciario, señor Sánchez.
Lo encuentran y a él narran cuanto ha sucedido. Se inician con rapidez las
diligencias. Se presentan los documentos del Obispo de Parma y del Inquisidor de
la ciudad de Regio al Cabildo de la catedral compostelana. Este por medio de un
escrito firmado por el Doctoral, Dr. Cangas, y el Procurador, Lic. López Mella,
pidió al gobernador eclesiástico y Provisor, Dr. Narváez, que se abriese una
investigación y se sometiese a Patiño y a sus compañeros a minucioso
interrogatorio. Así lo hizo el Provisor por auto dictado en 26 de abril,
nombrando Juez especial al Lic. D. Juan Bautista de Herrera, Deán de Tuy, Prior
y Canónigo de Santiago. Completada la información el día 2 de mayo, el
Provisor interpuso su decreto mandando que se entregase al cabildo para que la
pusiera en el archivo y en todo tiempo hubiese memoria de estos sucesos.
In memoriam
La Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Cuenca,
para no ser desmemoriada, pone todos estos sucesos admirables a conocimiento de
cuantos estas líneas lean. Promueve con el Ayuntamiento de Monteagudo de las
Salinas un sencillo monumento en memoria de sus más esforzados peregrinos. Y desde 1993,
siempre que es Año Santo, peregrina a la Casa del Apóstol en Compostela
partiendo de Monteagudo por la ruta de Francisco Patiño y sus compañeros.
La documentación sobre la peregrinación de Francisco
Patiño, María de Franchis su esposa, y Sebastián de la Huerta está publicada
por Antonio LÓPEZ FERREIRO: Historia de la Santa Apostólica Metropolitana
Iglesia de Santiago. Tomo IX, págs. 315-318. Apéndices documentales XI (págs.
50-52) y XII (págs. 53-74). Nuestro agradecimiento al que fué Obispo de Cuenca, D.
José Guerra Campos, por facilitarnos tanto la noticia como los documentos
referidos.