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RECOGIDA DEL BELÉN
"LAS CATEDRALES"(UÑA)


Sábado 12 de Enero del 2002.

    Amaneció un día precioso, soleado, a bajo cero y con una helada que hacía brillar todo. Habíamos quedado, como siempre, en la estación de autobuses. Desde allí, en nuestros coches, las trece personas que acudimos esa mañana, nos encaminamos a Uña. Esta vez se trataba de recoger el Belén que, el pasado día veintidós de Diciembre, habíamos colocado en un pico, sobre el pueblo donde las rocas calizas agrupadas, forman unas caprichosas hoquedades y que se conoce como "Las Catedrales". Repetíamos la excursión, como hacemos cada año cumpliendo con esta tradición que la asociación tiene instituida de poner un Belén en un lugar insólito y recogerlo pasados los Reyes. 

    El lugar elegido este año, "Las Catedrales", es de una belleza, especial, única, misteriosa. Lo forma una agrupación rocosa, escarpada, que da lugar a diversas cavidades laberínticas o grutas estrechas y abrigadas, largas, desconocidas para casi todos, atrayentes, dando la impresión de interminables y que recuerdan las cavernas que sirvieron de refugio al hombre prehistórico. En ellas, entre las altas y escarpadas paredes pétreas, apenas penetra la luz y mucho menos el frío. Crece el musgo y también algunas estalactitas y estalagmitas. Su último tramo, es algo difícil de acceder porque apenas hay lugar donde apoyar los pies o sujetarse con las manos. Sin embargo la ayuda de los mas fuertes, la camaradería y el entusiasmo hicieron posible que todo el grupo, incluyendo un octogenario, subiese sin problemas para tener , una vez arriba y dentro de las cuevas, la sensación de estar transportados a otra época. 

    Solo se escuchaba el silencio, el ruido de los pájaros y el rumor de los pinos. Allí estaba nuestro Belén, y allí volvimos a fotografiarnos, como el día en que lo instalamos. Suponemos que, de haber llegado alguien al lugar en ese intervalo, le parecería casi un hecho milagroso encontrarse con ese misterio del nacimiento en un lugar tan alejado. 

    El recorrido previo, hasta llegar allí también fue algo especial, como cada una de las marchas que realizamos a lo largo de nuestra serranía, donde el agua, la piedra, el verdor de sus pinos y vegetación diversa, nos sigue sorprendiendo con su belleza aunque estemos muy acostumbrados a contemplarla.

    Partimos de la laguna de Uña, bordeándola por la izquierda, íbamos ascendiendo. Todo estaba blanco, escarchado, desde los mas altos pinos a los diversos arbustos y mas pequeños matojos. Seguramente estábamos a bajo cero, pero el sol, a pesar del invierno, conforme avanzaba la mañana, iba templando el ambiente. También nuestra temperatura ascendía a cada paso en la primera parte de la marcha que era cuesta arriba. Hubo que cruzar algún arroyuelo, parcialmente helado, pequeño en esta época del año, aunque recuerdo haberlos visto inmensos, furiosos, en forma de torrente en épocas de lluvias. En esta zona, son numerosos los manantiales que encauzan aguas a duras penas, aprovechando cualquier fisura en la roca para fluir a la superficie y deslizarse por laderas y barrancos en dirección a las hondonadas, buscando llegar al Júcar de algún modo. 
A nuestro paso, la vegetación autóctona, cubierta de blanco, casi disfrazada: pinos albales, negrales, carrascos o ródenos, algún enebro, sabinas...también jaras, tomillos, romeros, aliagas junto con chopos, álamos, algún avellano en las partes mas bajas y arbustos caducos como zarzas, endrinos, escaramujos, ahora dormidos, desnudos y escarchados en este día de invierno.

    Así llegamos a "Las Catedrales", apoyados en el bordón y espaciando la charla para recuperar a ratos el aliento. 

    Lo primero que llama la atención al ascender a la cumbre, en el momento de abandonar dichas hoquedades, es la luz. Al interior apenas llega la que se filtra por los orificios que deja la cortina enorme, vertical, de rocas montadas unas sobre otras a modo de techo incompleto.

    Desde ese punto aún seguimos ascendiendo y contemplando los montes, las sierras, las hondonadas que quedan abajo, cada vez mas profundas cuanto mas subimos caminando. Cuando oteamos el horizonte, a una altura media de mil metros, el paisaje sigue siendo un regalo para los sentidos. Es un paisaje invernal con toda su belleza, verde, racheado de blanco en las copas densas de los pinos negrales. Desde lejos se ven tan apretados que no dejan asomar los pedregales calizos de formas caprichosas por la erosión. Es una delicia ver los montes cubiertos por ellos. Algunos, al igual que nuestras rocas han crecido tomando también extrañas formas. Ellos, ponen un manto verde intenso y perenne al entorno.

    En lo mas alto hicimos una parada para almorzar y recuperar fuerzas para la larga todavía bajada hasta el pueblo. Es impresionante verlo desde arriba, pequeño y rodeado de aguas, montes cuajados de pinos y enormes paredones rocosos de corte vertical donde los buitres tienen sus nidos. Pudimos verlos muy cerca, grandes, levantando el vuelo majestuosos, sobrevolar la zona y descansar en las picotas mas altas de los pinos, sabiéndose inalcanzables, dominando su hábitat.

    En la bajada, la conversación del grupo es mas fácil. En algunos de los puntos del llamado "escalerón" el hielo de las zonas umbrías, la escarcha y las numerosas piedras pequeñas, constituían la única dificultad en la que, como en otras ocasiones, el grupo suele ayudarse. Ya en las proximidades del pueblo y antes de llegar a un lugar soleado donde comimos en un merendero sobre mesas de madera, hicimos una visita a una improvisada ermita, a nuestro paso. Se trataba de una gruta de piedra, una cueva natural en cuyo interior, en un pequeño altar se guarda una imagen de la Virgen del Espinar. Es una preciosa talla de madera, rodeada de infinidad de diversos exvotos y sin mas protección ni seguridad que la devoción de las gentes que la visitan.

    Comimos al sol, descansando de la caminata y disfrutando de la tertulia y de ahí, tras despedirnos, hasta la próxima salida, de nuevo en nuestros respectivos coches, regresamos a Cuenca. 

Angus            


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