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Amaneció un día soleado, de los que animan el espíritu e invitan a disfrutarlo. Era un lujo poder realizar una marcha con el grupo. Lo cierto es que el tiempo parece haberse puesto de acuerdo con nuestras últimas salidas y tras días lluviosos nos deja caminar en las mejores condiciones que pueden darse en un día de invierno, en plena meseta.
Era el diez de enero, la fecha acordada, habían pasado veintiún días desde que pusimos un Belén, como cada año hacemos. Esta vez el lugar elegido era una pequeña cueva en las proximidades de la ermita de San jerónimo, un lugar perdido a pocos kilómetros de Abia de la Obispalía.
Éramos diecisiete, con el entusiasmo acostumbrado al inicio. las fuerzas y energías a tope. Luego, a la vuelta, se habrán quedado en el camino, dando paso al cansancio y haciendo notar los músculos agradablemente doloridos y, en algunos caso, a las agujetas posteriores. Es lo acostumbrado.
Desde el punto de encuentro, nuestros coches dejaron la ciudad camino del pinar de Jábaga. Lo atravesamos en dirección a Villanueva
de los Escuderos. Pasamos entre bosques de altos pinos que, al poco, fueron quedando atrás, cambiando, casi de repente, el paisaje ante nuestros ojos. Nos adentrábamos en lo que, para mi, es el preludio de la tierra alcarreña. No existe una línea divisoria exactamente y aunque todas las regiones de nuestra provincia tienen cosas en común, sus características propias las hacen notoriamente diferentes. El paisaje alcarreño nada tiene que ver con los altos riscos de la Serranía ni con sus espesos pinares, tampoco se parece a las llanuras manchegas donde se pierde la vista entre campos de vid olivos y cereales. Es mas bien un marco redondeado, de poco relieve (ni tan llano ni tan alto), casi desnudo y de tierra rojiza que contrasta con las rocas erosionadas y la vegetación autóctona integrada por Jaras, carrascas, robles, olivos, retama, tomillos y romeros.
Los cultivos tampoco pueden compararse. Es zona de miel, aceite y algún cereal. Algo de todo esto iban percibiendo ya nuestros ojos.
Despacio, a través de la sinuosa carretera que conduce al pueblo, llegamos a Villanueva de los Escuderos. De ahí, partiríamos a pie hasta llegar a la ermita de San Jerónimo.
El pueblo es pequeño, humilde, con escasos recursos basados en una modesta agricultura y ganadería. Eran apenas las diez de la mañana. Algunos de los pocos habitantes del lugar que se cruzaron con nosotros por las calles, nos miraban con curiosidad. No dejaba de ser una novedad nuestra presencia allí. No es lo acostumbrado. Lo cotidiano, seguramente, es el transcurrir tranquilo de las horas con el silencio roto pocas veces por los sonidos habituales de sus gentes. Hoy se escuchaban otros: nuestros coches, nuestras voces y nuestra curiosidad expresada en voz alta.
Pudimos ver a nuestro paso, secuelas del pasado que a duras penas permanece. En algunas de sus casas, pese a su humildad, destacaban escudos, gruesos muros de piedra, señales evidentes de un rancio señorío en su momento. Tampoco, en nuestro recorrido faltó la austera y elegante portada, reflejo de la calidad de quien habitó allí antaño. Adornos, caprichos de la construcción de otras épocas en las que el tiempo y el esfuerzo parecían no medirse.
Como era obligado visitamos la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Se alza en lo alto de un cerro, quizás el único, dominando el pueblo y sus contornos. A sus pies, el tiempo parece haberse detenido. En ocho siglos sus muros de piedra vieja parecen haber sobrevivido a todos los desastres milagrosamente. Sin embargo en diferentes momentos, la mano del hombre ha restaurado, reconstruido y permitido que siga ahí, en lo mas alto, dominando el pueblo, la vida cotidiana de sus gentes, visible en la lejanía desde cualquier punto a la redonda. Se puede apreciar el estilo Románico del siglo XIII en que se construyó y también el plateresco y el ¿??de los siglos XVI y XVIII en que fue restaurada.
Ya dentro del templo nos llama la atención su ábside semicircular y su presbiterio cuyo techo se alza por medio de una cúpula con diversas rosetas y casetones, figuras de animales, flores y santos. Descubrimos en ellos signos del zodíaco y escenas bíblicas.
Desde aquí, comenzamos a caminar siguiendo la antigua carretera que une este pueblo con Abia de la Obispalía. Preferimos andar por el asfalto a hacerlo, como en la marcha anterior, a través de las sendas del monte. Los días lluviosos anteriores habían dado paso a caminos embarrados difíciles de transitar. De este modo era mas fácil hacer la ruta aunque tal vez, esta, era mas larga también.
A la ida siempre sobran fuerzas y el sol y la conversación del grupo van calentando el ánimo y el cuerpo y sobra la ropa de abrigo y los kilómetros van pasando deprisa. Algunos van acordándose de la hora de tomar un tentempié. Es también el pretexto para descansar un poco con la parada.
Lo hicimos en un recodo del camino, alto, tras la subida y ante un paisaje de tierra rojiza, colinas, oteros, alturas leves, de vertientes poco pronunciadas. Vegetación escasa en este momento, con los cereales recién sembrados, asomando, queriendo “verdear”y árboles desnudos por la época en la lejanía. Aún faltaba bastante para llegar al pueblo y mas aún a la ermita de San Jerónimo. Recordamos también que, en ese punto, el día en que íbamos a poner el Belén, fuimos obsequiados por el Alcalde de Abia con un almuerzo estupendo que nos pareció algo así como lo que debió suponer el maná para los israelitas al cruzar el desierto, valga la comparación, por lo reconfortante, lo deseado y lo inesperado. Esta vez no había rosquillas recién fritas ni café caliente, ni orujo ni resoli, así que sacamos parte de nuestras provisiones para tomar fuerzas y continuar la marcha.
Era medio día cuando llegábamos a Abia de la Obispalía, El pueblo es pequeño, unos pocos vecinos apenas. Algunos pararon en la tienda del pueblo para comprar mantecados y rosquillos para los postres que.. “hasta San Antón Pascuas son” . pasamos bajo la antigua iglesia y cementerio y continuamos nuestra marcha bajo el sol que se dejaba notar.
A nuestro paso, campos labrados bordeando las lomas, romeros florecidos, carrascas salpicadas, tomillos, jaras y retama, barro en las umbrías producto de la helada deshecha por la temperatura del día. Atravesamos una antigua calzada entre el monte, con sus piedras descolocadas, rodadas por el transcurrir de los años, paramos a beber agua fresca en una fuente romana, huellas, testigos de la romanización de las tierras conquenses. Vendrían después otros pueblos, otras culturas y...ahora nosotros en ese mismo marco, bebiendo esa misma agua, calmando la sed y el calor en el camino.
Unos pocos kilómetros y nos encontraríamos ante la ermita de San Jerónimo. En ella se encuentra la imagen de nuestra Señora del Buen Suceso. Cada año el pueblo celebra una romería en el lugar. San jerónimo es trasladado en procesión a la ermita, donde se come, se celebra la fiesta y hasta se celebra el baile y...lo mas curioso de todo: el cura del pueblo convida a los feligreses a huevos duros. Son “los huevos del cura” que así suele decirse. Muchas docenas deben ser porque a la fiesta del pueblo suelen acudir sus hijos aunque vivan lejos.
Comimos con apetito, estimulado por la caminata. Los bancos de la ermita nos hicieron mas confortable el momento. Fue agradable comer al sol. Eso y el vino hizo que algunos terminasen con la cara un poco enrojecida.
Las comidas con el grupo son el mejor momento. Se comparte la cordialidad, la compañía y...entre otras cosas, las rosquillas, magdalenas y mantecados. Algunos recordamos que la vez anterior, cuando se puso el Belén, los excesos en la comida hicieron mas duras las cuestas de la vuelta. Se trataba de no tropezar en la misma piedra de nuevo pero eso es difícil cuando se llevan andados unos quince kilómetros y todo lo que llevamos es apetecible. También cantamos el ”cumpleaños feliz”a Nuestro presidente. a cambio él nos invitaría a un café en el bar del pueblo.
Procuramos no demorarnos en la sobremesa. Había mucho camino que desandar y en el mes de enero la luz no dura demasiado. A las dos y media volvíamos a cargar las mochilas en nuestra espalda, con menos bríos, con pereza. Antes recogimos nuestro Belén de la cueva. Cuando lo pusimos le cantamos unos villancicos. Ahora solo nos salió aquel de “la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va y nosotros nos iremos y no volveremos mas” y con esas coplas iniciamos la marcha.
De camino al pueblo observamos unas oquedades labradas en las rocas, a modo de hornacinas. Un componente del grupo nos dijo que era un santuario visigodo. Nos pareció creíble. Luego nos aclaró que se trataba esos huecos suelen hacerse en esta zona para colocar las colmenas. Es zona de romeros, tomillos, mil flores en su momento y de miel.
El camino de vuelta fue mas duro. Nos acompañó el sol de la tarde que en las subidas nos hizo sudar un poco mas. El grupo se disgregó en varios. Las distancias se mantenían como se mantenía el ritmo por parte de todos. No se paró. Los músculos se dejaban notar, pero seguíamos a paso rápido por el asfalto. En esos momentos, la charla distrae y acorta los kilómetros que se suceden sin apenas darnos cuenta.
Atardecía al llegar a Villanueva de los Escuderos. Algunos de sus habitantes se acercaron. Nuestro presidente dice misa en el pueblo los domingos y eso facilita la charla con los demás miembros del grupo. Algunos ancianos, como nos suele ocurrir en otras ocasiones, no acababan de entender que, solo por gusto, nos hubiésemos andado esos treinta kilómetros que en total parece ser que hicimos.
Antes de despedirnos pudimos ver una pequeña capilla en la plaza que se abrió para nosotros. En el reducido espacio solo tienen cabida las imágenes justas, el altar y el cura que el día de la fiesta dice la misa con las puertas abiertas mientras el pueblo la escucha desde la plaza. La fiesta es en agosto y todos pensamos que al medio día, bajo el sol, la misa será cortita por el riesgo de insolación.
Eran las siete, nos despedíamos, habían pasado muchas horas desde la salida y, en nuestros coches, volvíamos a casa. Nos esperaba el descanso. Todos lo necesitábamos. Fue un día estupendo, en todos los sentidos, para recordar, para repetir en otra ocasión, con fuerzas renovadas, como en cada marcha. Hasta la siguiente, solemos decir.
Angustias Herrero Alarcón
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