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ORIGEN Y FINALIDAD DE UNA INSTITUCIÓN CONQUENSE Por el Fuero de Cuenca -cuyo octavo aniversario este mismo año celebramos (1990)- el rey Alfonso VIII de Castilla hacía a los conquenses dueños de sí mismos y de todas sus cosas: "montes, fuentes, pastos, ríos, salinas,...". Cuenca surgía como una ciudad libre, después de siglos de existencia musulmana, dentro del reino castellano ahora, gobernada por sus alcaldes, germen del CONCEJO, institución renovada al paso de los años y de los siglos. También por voluntad del rey, y por concesión del Papa Lucio III, Cuenca, asumiendo la jurisdicción de los antiguos territorios episcopales visigóticos de Ercávica y Valeria -a los cuales se uniría después el de Segóbriga-, pasaba a ser cabeza de una nueva diócesis, sufragánea de la toledana. La figura del OBISPADO conquense, con su prelado, su cabildo catedralicio, su clero parroquial y sus fieles, llenará en adelante su cometido peculiar en la vida de la Iglesia. Como tercera institución, el HOSPITAL DE SANTIAGO, nacido del espíritu de aquella Orden militar, cuyos caballeros tan eficazmente habían contribuido, al lado del rey Alfonso, a la conquista de la ciudad, Orden benemérita, que sembraba de establecimientos benéficos sus territorios, fue así mismo, con la aprobación real, emblema y realidad en la Cuenca recién conquistada y lo sería, sin interrupción, hasta nuestros días, al lado de las otras dos instituciones. El Real Hospital de Santiago tuvo su origen en la donación que hicieron al primer maestre de la Orden, don Pedro Fernández, en 1182, los caballeros Tello Pérez y Pedro Gutiérrez de unas casas, situadas al suroeste en un altozano extramuros de la ciudad, muy cerca de la confluencia de los ríos Júcar y Huécar, que a su vez habían recibido de Alfonso VIII en recompensa a su ayuda en la conquista. Los santiaguistas destinaron al principio la fundación a hospedaje y restablecimiento de cristianos rescatados del cautiverio. Piénsese en lo cercana que, todavía durante bastantes años, quedaba la línea divisoria entre cristianos y moros. Luego se transformaría en Hospital para enfermos pobres y peregrinos. Esto fue hacia 1250, cuando con todas las rentas se formó una encomienda con la obligación de sostener el Hospital. Las donaciones y privilegios habían llovido desde el principio. En 1184 el primer obispo de Cuenca, don Juan Yáñez, concede cuarenta días de indulgencia a cuantos favorecieran al Hospital. Y ese mismo año el concejo de Cuenca y sus aldeas se comprometían a entregar a la casa anualmente cierta cantidad de ovejas, trigo, pieles de conejo y dinero. Lo mismo hacían en 1198 y en 1227, respectivamente, los concejos de Huete y Uclés. En 1206 san Martín de Finojosa, abad del monasterio cisterciense de Santa María de Huerta, obispo que había sido de Sigüenza, donaba un molino situado en la primera azuda debajo del puente del Júcar, en Cuenca, con la condición de que en vida se le diesen anualmente quince áureos. (Este molino, que solía arrendarse por años, y de cuyas reparaciones hay noticias varias en las cuentas del Hospital, ha estado en posesión de éste hasta hace poco). Honorio III, en 1220, comisionó al deán de la catedral de Toledo para proceder contra los que no cumpliesen las promesas y votos solemnes de mandas y legados a favor de los hospitales santiaguistas de Cuenca y Alarcón. Y en 1260 el Papa Alejandro IV expide una bula por la cual prohíbe le sean arrebatadas, bajo ningún pretexto, al Hospital de Santiago las donaciones hechas por los fieles. En 1261 el rey Alfonso X autoriza una transacción entre el maestre de la Orden, don Pelayo Pérez Correa, y los hombres buenos de las aldeas de Cuenca, por la cual éstos dejarían de pagar el trigo prometido, y en cambio entregarían cada año 4.500 maravedises. En 1283, el infante don Sancho, hijo de Alfonso X, concede al Hospital que sus ganados puedan andar libremente, sin pechar, por todo el reino de Castilla. Así, durante siglos, casi hasta nuestros días, se fueron acrecentando las posesiones y las rentas de esta institución, protegida tanto por el poder real como desde el eclesiástico. El terreno, en concreto, que rodeaba el mismo Hospital llegaba hasta el río Júcar. |
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