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7.
LA
ÉPOCA
TRISTE Así llamo a la comprendida entre el inicio de la Guerra de la Independencia hasta el final de la Guerra Civil de 1936-39. Mucho padeció el Hospital en la primera de estas guerras, siguiendo la suerte desgraciada de toda la ciudad de Cuenca. En la primera pasada de las tropas francesas, ya el mariscal Moncey dejó en la casa unos cuantos soldados enfermos, al retirarse él hacia Valencia, con la promesa de las autoridades conquenses de velar por ellos, pero las milicias de Moya se los llevaron prisioneros. En julio del mismo año de 1808 tuvo lugar la destrucción por unos cuantos soldados franceses de la custodia de la catedral, operación en que fueron sorprendidos por su mismo superior, el general Caulincourt, muriendo dos en el acto y siendo trasladados los otros tres al Hospital de Santiago donde también muriero. Pero la prueba más amarga tuvo lugar en 1812. En el Índice de documentos hecho en 1857, había un cuaderno que decía: "Documentos auténticos del coste que tuvo la reedificación de esta Casa por haber sido quemada por las tropas españolas en 1812, en consecuencia de haberse fortificado en ella los franceses. También están todos los dibujos de sus plantas". No podemos calcular ahora hasta donde llegaron los efectos del incendio, aunque sí podemos decir que la destrucción no fue total, dada la cantidad de elementos arquitectónicos que quedan de los siglos anteriores. A pesar de dicha quema y de la rapiña de los unos y otros, debió salvarse íntegra la iglesia con retablos, ornamentos, vasos sagrados y demás objetos de culto. Tampoco perecieron, al menos totalmente, la farmacia ni el archivo. En la Guerra Civil del 36, por el contrario, el edificio sí se salvó. No así la integridad del patrimonio artístico y religioso que había llegado hasta entonces. Retablos, imágenes, cuadros, ornamentos, piezas de orfebrería, desaparecieron casi en su totalidad. Como restos de aquel provocado naufragio quedan unos cuantos lienzos que son: el atribuido a Pedro Orrente, con la Adoración de los Magos, y otros tres anónimos, de gran tamaño, que representan a un Santo Abad, un San Juan Bautista Joven, de muy buen pincel, y un Bautismo de Jesús. Todos ellos, además de una alfombra de Cuenca, recién restaurada, están colocados en el Salón Santiago. De orfebrería quedó lo siguiente: una pequeña cruz de altar con su crucifijo, de plata, con el punzón del platero conquense del siglo XVI Noé; una cruz procesional de plata sobredorada, siglo XVI; un copón de plata dorada y cincelada, con cabujones de esmalte azul con filigrana de plata en pie, copa, y tapadera, del siglo XVII; una custodia, de obra muy buena, con ángeles al pie en altorrelieve, de plata dorada, estilo barroco; un cáliz de plata dorada, siglo XVIII, con cruz de Santiago, haz de espigas y racimos de uvas en el pie; una bandeja limosnera de gran tamaño, de plata, y un juego de vinajeras y campanilla de plata. La taza de la fuente del patio se encontró, al terminar la guerra, tirada y rota en la huerta del Hospital y fue repuesta a su antiguo lugar, pero con la inscripción mutilada, faltando precisamente el nombre del administrador que mandó hacerla. El retablo del altar mayor "era parecido al de la Virgen de la Luz", me comenta una anciana religiosa, que ya se hallaba en el Hospital desde 1931, con un camarín donde había una imagen de gran talla de Santiago en hábito de peregrino. Era obra probable de Martín de la Aldehuela. |
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